Cuando empecé a pintar fui llevada por un impulso que yomisma no comprendía pero si reconocí a como propio. En la creación artística siempre me ha gustado que me sorprenda lo insólito del pasado, lo incompresible, lo oculto, lo que habita en mi código genético como una danza molecular primaria a la que no vale la pena resistirse. Resistir al impulso creativo por temor a no saber cómo definirlo o de no estar a la moda sería como cortarme las venas y dejarme escurrir por los caños de la modernidad.
De la mano de los libros de arqueología y antropología mesoamericana me llegaron las memorias del futuro y los sueños del pasado. Aquí está la voz de mi maestro y poeta querido Manlio Argueta en el Salvador, de mi querida activista y guía espiritual Marina Molina en Guatemala, los malabares de los niños y las niñas del circo callejero de Granada, las piedras mágicas de Longo Mai en San Isidro de El General y el río secreto que Anayenci Herrera cuida con celo en Liberia.
El poder de la Selva Tropical se devolverá en ríos y huracanes cuando dejen de cantar sus pájaros y de flor cer sus ceibas. Quiero estar para verlo. Quiero un paraíso, ese que me heredaron y que nos pertenece. Quiero el paraíso que nombramos en los primeros balbuceos, cuando llueve sin parar.

